Descubrirla, como sucede con muchos grandes hallazgos, fue más mérito de la casualidad que de otra cosa. Fue hace una década, casi al final del siglo XX. Habíamos viajado con un amigo a la vecina localidad catarinense de Pinheira, lugar al que llegábamos buscando alternativas a la sobresaturada Florianópolis de temporada. Eran tiempos en que pasar un verano en alguna playa de la capital de Santa Catarina era casi lo mismo que quedarse en Argentina, difícilmente por esos años uno escuchaba algo de portugués en la isla de Santa Catarina. Para un joven viajero en busca de sorpresas y novedades internacionales, la floripa argentinizada de fines de los 90, no era la mejor opción.